CÓMO, NO HACIA DÓNDE

domingo, 10 de abril de 2016



Como cada 21 de Junio, John salía al porche de su casa al anochecer para recibir el verano, al igual que sus padres, amigos y vecinos. Costumbre antigua y obsoleta de ese pequeño pueblo en el cual tenía que vivir muy a su pesar. Él siempre soñó poder pasar su vida en la capital y alejarse de todo aquel silencio, aunque aún era muy joven para poder tomar ese tipo de decisiones. Sin embargo, sabía que cuando cumpliese la mayoría de edad alcanzaría su más ansiado sueño. Esta noche, como tantas otras, apagaban todas las luces del pueblo y, durante unos minutos, antes de la media noche, sentían cómo cambiaba de estación, en silencio, únicamente con el acompañamiento del canto de los grillos. 

John no comprendía esa ridícula tradición y, mientras sus padres observaban el cielo agarrados de la mano, él se sentaba en una silla y esperaba impaciente a que llegaran las doce para poder correr con sus amigos hasta la orilla del río y festejar con música y una gran fiesta ese día en el que por fin sería libre y se olvidaría de los estudios y de esa profesora de filosofía que parecía encantada amargándole la existencia. 

“La filosofía algún día será una compañera y convivirás con ella día a día y será quien te mostrará tu camino y te sorprenda con la belleza de este mundo”, le solía decir. Pero a John simplemente le parecía una anciana centenaria que había perdido el juicio. Además, ¿qué belleza podía tener un pueblo insignificante situado a cientos de kilómetros de la civilización? Le faltaba un año y dos meses para cumplir los 18 y en ese momento se iría lejos, a la capital, donde viviría feliz con el ruido y  el ajetreo de la calle, las prisas en cada semáforo, los enormes edificios que parecían rendir homenaje al cielo y gente desconocida caminando a su lado cada día.

John solía imaginar su nueva vida en la ciudad muy a menudo, tanto que a veces incluso se olvidaba de dónde estaba, sumergido en sus pensamientos. En ese momento, apareció una gran luz surcando el cielo y, por primera vez, levantó la mirada. Jamás había visto nada igual. Parecía una estrella fugaz bañada en tantos colores que apenas consiguió distinguirlos. Cada vez se hacía más y más grande y dejaba atrás una majestuosa estela de luces intermitentes. No podía apartar los ojos de ella. Se le erizaron los pelos de todo el cuerpo y un escalofrío le recorrió toda la columna. No era posible que existiese algo tan hermoso. El acontecimiento apenas duró un par de minutos, pero fueron suficientes. Su vida se colmó de sentido, hasta que desaparecieron los últimos focos de luz, y todo volvió a sucumbir en esa oscuridad. 

Así dieron las doce las campanas del campanario y las luces de las casas y las calles se volvieron a encender. Se oían los gritos de entusiasmo de los habitantes después de ese maravilloso espectáculo. Las calles se llenaron de movimiento y de conversaciones agitadas. Y John permaneció allí, sentado, observando el cielo estrellado de esa primera noche de verano, odiando al firmamento por haber terminado con esa magia, y por hacerle recobrar ese vacío existencial que habitaba en su alma desde que tenía uso de razón. Jamás se había sentido tan triste y solo.

Ese verano pasó deprisa, mientras marcaba en el calendario las noches en las que se asomaba al porche con la esperanza de que volviese a aparecer… Comenzó el nuevo curso y pasó también antes de que se diese cuenta. Enseguida cumplió los 18 años, y el 21 de Junio salió de nuevo al porche y no apartó la vista del cielo. Pero tampoco volvió a aparecer esa gran estrella. A John le enviaron a la ciudad, como regalo por haber terminado esa etapa escolar con altas calificaciones, y para que pudiese comenzar otra etapa de estudio. Creyó que allí podría olvidarse de ese instante que marcó su vida y comenzar una nueva, con la que tanto había soñado. Pero no encontró ajetreo, ni prisas, ni ruido… tan solo silencio. 

Todas las noches recorría calles, parques, plazas… esperando encontrar en el cielo alguna señal. Pero ni siquiera existían las estrellas… Ni su sueño más ansiado lograba aplacar ese vacío. Cada final de primavera volvía a su casa, a su porche y observaba impaciente. Ni rastro. El vació se iba haciendo cada vez más grande. Le oprimía el pecho. A veces caía en llanto preso de la desesperación. No sabía dónde buscar. No sabía qué hacer para acabar con ese sufrimiento. Nadie tenía la respuesta.

Diez años más tarde volvió con su familia. A su casa. A su porche. Miró desesperanzado al cielo, otro 21 de Junio para marcar en el calendario. Sintió tanta pena y tanto miedo por volver a sentir esa decepción que decidió caminar hasta el río. Solo. Mientras el resto del pueblo permanecía bajo la oscuridad… y en silencio.

Se sentó allí, en la orilla, esperando oír las campanas y a la gente acercándose con música, comida y bebida. Quedaban tan solo unos minutos para la fiesta. Y, de pronto, una luz recorrió el cielo. La reconoció. Su estrella. Volvió a sentir lo mismo que la primera vez. Pero esta vez, fue mucho más intenso. La luz era mucho más viva, tanto que logró iluminarlo todo. Así bajó la vista, y observó las flores, el agua siguiendo su ciclo, los pequeños animales que disfrutaban tanto como él… Sintió la brisa en su rostro, alborotándole el pelo. Sintió la hierba húmeda. Sintió el olor del campo, la firmeza del suelo bajo sus pies… Lo sintió absolutamente todo. Se sintió parte del mundo y supo que jamás tendría que volver a esperar nada. Ya había esperado demasiado tiempo. Sintió que podía percibir la belleza bajo la luz del sol o en la oscuridad de la noche. La belleza en los ojos de ese anciano con el que se cruzaba cada día en la parada de autobús. La belleza de las manos de la camarera que siempre le preparaba el café y las tostadas por las mañanas. La belleza de las personas chocando con sus carros en el supermercado. La belleza de los niños saliendo del colegio de su calle entre gritos o llantos. La belleza de los perros de sus vecinos jugando en el parque. La belleza de las nubes inundando el cielo. La belleza de las tormentas que llenaban sus ventanas de pequeñas gotitas de agua. La belleza de una llamada de sus seres queridos.  La belleza de las miradas. Con ellos. Con ellas. Con todo. Y a través de todo. 


A partir de entonces John fue capaz de ver más allá y cada día encontraba pequeños pero grandes motivos que llenaban su alma y la colmaban de sentido. A partir de entonces, fue capaz de ver las estrellas, y también el sol. A partir de entonces cambió su perspectiva y recordó las palabras de aquella anciana centenaria. A partir de entonces fue feliz y consiguió que los suyos también lo fueran. A partir de entonces fue él mismo. Fue John. Con nada y con TODO. Solo tuvo que aprender la lección más importante de su vida. Saber cómo mirar y no hacia dónde.




Sara. 

1 comentario:

  1. Uau, precioso. A veces como John esperamos tanto o deseamos tanto que estamos ciegos ante la inmensa fortuna o belleza que se dibuja cada día ante nuestros ojos dejandola pasar sin prestarle atención. Muy buen relato y una estupenda reflexión Hay que saber mirar y sobre todo aprender a ver.
    Como ya te dije una vez escribes muy bonito, espero ansiosa poder leer pronto más.
    Un beso enorme.

    ResponderEliminar