ATRÁPEME SI PUEDE | CAPÍTULO 3

jueves, 13 de abril de 2017

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CAPÍTULO 3: LA CARTA. 

10 de Septiembre de 1888, en el 221 de Baker Street.

Sherlock y Watson habían vuelto a casa después de hablar con el médico forense y vuelto a las escenas de ambos crímenes para recabar información. El señor Holmes estaba profundamente concentrado al calor de la chimenea y saboreando mientras ojeaba los informes su preciada pipa. Watson, por su parte, aún algo conmocionado, no dejaba de dar vueltas por el salón.

-Claro, obviamente no podíamos habernos especializado en delitos menores. O bien en casos de corrupción… ¡O mejor aún! ¡Adulterios! Perseguir a hombres o mujeres de camino a la pensión que comparten con sus amantes y después observar cómo se lanzan cacerolas a la cabeza y se pelean hasta por el cepillo de dientes. ¡No! Nosotros tenemos que perseguir a lunáticos desequilibrados que juegan a ser médicos por las calles de Londres. ¡Tendría que haber hecho caso a mi madre cuando me ofreció trabajar en el negocio familiar! ¡En la pastelería! Con esos pasteles tan apetecibles… Pero ¡bah! ¿Para qué hacer caso? ¡Voy a estar sin probar bocado un mes! ¡Se lo aseguro! ¡Mi pobre estómago ya no va a volver a ser lo que era! Y usted bien sabe que mi pasión en esta vida es la comida… Ese maldito perturbado va a alejar de mí lo que más ansío… ¡Me voy a volver loco yo también!

-Entonces, mi querido amigo, habrá que dar caza a ese trastornado para que pueda volver a su dieta, ¿no cree? -propuso Sherlock, que había escuchado las quejas y seguía envuelto en la lectura del caso. A veces Watson seguía sorprendiéndose de las habilidades de su amigo. -Aunque quizás le vengan bien unos días para bajar de peso… -dijo con una sonrisa.
-¡Oh, señor Holmes! ¡Usted sabe que soy de huesos gruesos! -y soltó una gran carcajada mientras se masajeaba la panza. -¡Muchos quisieran tener este cuerpo y mi salud de hierro, se lo aseguro señor!

En ese momento, sonó el timbre.
-¡Hora del correo! Ya abro yo, señor.

Cuando Watson regresó al salón traía consigo una gran cantidad de cartas y un paquete. Comenzó a leer los remites, la mayoría de posibles admiradores del trabajo del detective o gente que escribe con la esperanza de contratarle. Sin embargo, cuando llegó al paquete, éste no tenía nada escrito salvo unas palabras: “Desde el infierno”.
-Señor… Quizás debiera ver esto… -dijo Watson con un hilo en la voz.

Holmes se levantó del sillón, cogió el paquete, leyó el mensaje y con el ceño fruncido comenzó a abrirlo. En él había un sobre y…
-¡Dios mío! -exclamó mientras sacaba un bote lleno de formol con lo que parecía un órgano de un ser humano.

Watson palideció y comenzó a sudar.
-¿Q… q… qué demonios? -musitó mirando al bote y a Holmes, a Holmes y al bote una y otra vez sin comprender y con un gran nudo en la garganta y en el estómago.
Sherlock dejó con cuidado el bote encima de la mesa y comenzó a leer la carta en alto:


Querido señor Holmes:
Ha llegado a mis oídos que están ustedes buscándome. Solo les escribo para desearles buena suerte. Seguramente nos encontremos más pronto de lo que creen… Soy un gran admirador de su labor y siempre he tenido la curiosidad de saber cómo sería tener una conversación con usted… seguro sería de lo más interesante, así pues, no lo descarte.
He querido enviarles un obsequio. Se trata del riñón de una de las mujeres… Bueno, a decir verdad, es tan solo medio riñón… La otra mitad la freí y me la comí… Estaba exquisito.
Espero les guste mi presente y ahora mismo tengan las mismas ganas de conocerme que las que tengo yo por ustedes. Nos veremos pronto.
Atentamente,
Jack el destripador.


-¿¡Qué clase de burla es esta!? -gritó Watson.
-Me temo que no se trata de ninguna broma -dijo Holmes de lo más tranquilo.
-¿Es una amenaza? ¿Nos está amenazando? ¿¡Se atreve si quiera de dirigirse a usted!?
-Que no cunda el pánico. La única finalidad de este mensaje es asustarnos.
-Pues lo ha conseguido. Ya lo creo que lo ha conseguido…
-Tranquilo, señor Watson. No va a conseguir acongojarme con palabrería barata y mucho menos voy a dejar el caso. Estoy seguro de que nos está probando. ¿Quiere jugar? Pues toca mover ficha.
-La pastelería… ¡Bendita pastelería!

***

Holmes estuvo varios días, o mejor dicho, varias noches apenas sin pegar ojo. En la oscuridad del salón con la única luz que desprendía el fuego de su pipa pensando y leyendo una y otra vez la carta.

Aquel mismo día había solicitado una reunión urgente con ambos cuerpos de policía y tal y como esperaba ninguno dio su brazo a torcer. Sus propios intereses estaban por encima del destripador. Así que, los dos amigos supieron que estarían solos y que debían tener mucha cautela a la hora de hablar con la policía, pues debían de seguir trabajando codo con codo con ambas partes para resolver el misterio siendo lo más discretos posibles. No podían dejarles fuera del caso bajo ningún concepto. Sin duda,  aquel sería el mayor reto al que se había enfrentado en toda su carrera profesional.

En aquel entonces la seguridad era extrema. Muchas prostitutas temiendo correr la misma suerte que Nichols y Chapman disminuyeron sus servicios por las noches, sobre todo en fin de semana. Por lo menos aquellas que podían permitírselo. Tuvo entendido, gracias a los informes policiales, que las dos fallecidas eran viudas a las que no les había quedado más remedio que vender su cuerpo para malvivir, como tantas otras… El barrio de Whitechapel era de los peores que había visto. Esa putrefacción del ambiente hacía inaguantable siquiera acercarse a los callejones más recónditos. Muchas veces se había preguntado el por qué tendrían que existir los ciudadanos de tercera, esas personas que se levantaban cada día en condiciones infrahumanas, sin higiene alguna y que tuviesen que caer en las garras de tales oficios al principio para alimentarse a sí mismas y a sus hijos… y más tarde en botellas de alcohol para evadirse de aquel infierno. Era injusto y le costó muchas noches en vela en encontrar alguna solución… pero a veces sentía que luchaba solo. Y entonces había aparecido Jack, derrumbando los pocos cimientos que había conseguido construir en aquel lugar de Londres y retándole.

Era un reto exquisito, no se podía engañar y aquel hombre se transformaría en su obsesión, aunque entonces no lo supo ver…
El sello que cerraba el papel del paquete tenía un dibujo muy particular… y familiar… Una carta, un reto y un sello… Muchas preguntas sin respuesta, aunque él daría con la verdad.

Y mientras tanto, un hombre encapuchado estudiaba nuevamente las calles de Whitechapel, plagadas de policías e, incluso, Baker Street.

***

22 de Septiembre de 1888, en el 221 de Baker Street.

-Señor, lleva días sin dormir, tiene que descansar o finalmente le pasará factura -dijo Watson, tremendamente preocupado.
-Necesito anticiparme a su siguiente movimiento, pero no sé cómo.
-Eso es porque debe tener la sesera a punto de explotar. Hágame caso señor, acuéstese, aunque sean solo un par de horas… Entiendo que es el caso más… imponente al que nos hemos enfrentado, pero si no descansa no podrá pensar con claridad.
-Ojalá pudiera, amigo mío. Ojalá pudiera…

***

24 de Septiembre de 1888, en el 221 de Baker Street.

-¡Watson! ¡Watson! ¡Venga aquí! ¡Aprisa! -gritó Sherlock.
-¿Qué ocurre, señor? -preguntó consternado.
-Tengo algo. El dibujo del sello, fíjese… -le dijo indicándoselo.
-Sí, ¿qué ocurre?
-Ahora, mire la fotografía de Chapman.
-¿Es necesario, señor? -cuestionó Watson, volviendo a sentir que el estómago le daba un vuelco.
-Observe, ¿acaso no lo ve? -sonrió Holmes, completamente emocionado.
Cuando Watson se dio cuenta, comprendió la similitud que su buen amigo le mostraba. No sabía exactamente a dónde le llevaría aquel dibujo… pero no pintaba nada bien.

Aquella misma noche, Holmes no podía seguir esperando órdenes de la policía y decidió caminar por el barrio de Whitechapel. Para ello buscó las prendas de ropa más anticuadas y sucias que tenía con el fin de pasar desapercibido. Recorrió las calles, menos pobladas de lo normal al entrar la media noche. El olor a orina y heces al principio era repugnante, pero su olfato no tardó en acostumbrarse. Observó a cada mujer y hombre con el que se cruzaba, en sus vestimentas, escuchó sus conversaciones… nada relevante.

Un par de horas más tarde, decidió entrar en una taberna, Frying Pan, donde Nichols fue vista por última vez. Allí el desagradable hedor de la calle daba paso al fuerte olor del alcohol. Se sentó en la barra, haciéndose hueco entre los hombres ebrios que gritaban demasiado y pidió un whiskey. Sumido en sus pensamientos se encontraba cuando le dieron un codazo.
-¡Caballero! ¿Se une a la apuesta? -le preguntó un hombre muy fuerte de voz ronca.
-¿Disculpe?
-La apuesta -insistió. -¿No sabe de qué va? -Y por el gesto de Holmes dedujo que no. -Hemos apostado cuándo ocurrirá el próximo asesinato. Mi buen amigo Billy dice que el próximo sábado, pero yo creo que será este fin de semana. ¿Participa? ¿Cinco monedas?
-Con todos mis respetos, creo que más bien podrían ocupar su tiempo en apostar quién es el asesino y así ayudar a los agentes. O mejor aún, trabajando un poco para que muchas de vuestras mujeres no tengan que preocuparse por ser la próxima en ser degollada recorriendo las calles de este maldito barrio subiéndose las faldas porque sus maridos prefieren hacer el estúpido en vez de llevar dinero a casa.

Holmes se había levantado de la silla y se había encarado a aquel gigantón. No solía entrar al trapo en aquellas situaciones, pero no comprendía la crueldad de los actos de aquellos hombres. Se le revolvían las tripas al pensar en la falta de moral que existía en aquella zona londinense. El borracho cerró los puños con fuerza y pegó la frente con la de Sherlock con la cara colorada por la furia. Ambos se miraron con el ceño fruncido, gracias al cielo que el camarero tomó cartas en el asunto.
-¡Eh, Willson! -le gritó mientras daba un sonoro golpe en la barra. -¡Te he dicho mil veces que no quiero líos en mi local! ¡No me obligues a sacarte de nuevo por la fuerza!

Al oír esto, el hombre se apartó a regañadientes y algunos amigos se lo llevaron para tranquilizarle.
-Disculpe, señor -se disculpó el camarero. -No se lo tenga en cuenta, son pobres desgraciados que ya no saben a qué agarrarse para que sus vidas tengan un poco de sentido. Pero no le molestarán de nuevo, no en mi local al menos, delo por sentado.

-Gracias -se limitó a contestar Holmes mientras intentaba tranquilizarse. En realidad sentía lástima por ellos, pero regocijarse en una desgracia ajena había sido demasiado, más aún intentando ganar dinero con ello. A costa del trabajo y esfuerzo que suponía dar con el asesino y a costa de todas las mujeres que vivían con miedo. Entretanto, no pudo evitar preguntarse en cuándo sería el próximo movimiento del destripador. ¿Estaría deambulando por las calles aquella noche?

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3 comentarios:

  1. Madre mia! No sé como acabará todo en solo un capítulo, estoy deseando leerlo ya.

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    1. Hay un epílogo porque me ha sido imposible concentrarlo todo en un cuarto capítulo. La semana que viene publicaré ambos ^^
      ¡Un besazo!

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  2. ¡Hola! Venía a comentar lo mismo que Carla jajaja XD Parece que el caso lo está superando un poco a Holmes, o me parece?

    Me da mucha curiosidad saber cómo termina, ¡besos!

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